Manifestantes que se exceden y policías que se pasan. Hasta ahí, hasta la descripción apresurada de los sucedido, puede funcionar el intento de equiparar ambas realidades.

Es cierto que en todo grupo de manifestantes aparece un núcleo de exaltados, o de gamberros, o de radicales, y es cierto que en cualquier policía del mundo, por más democrática y profesional que sea, algunos elementos confundirán defender el orden con dar salida a sus tendencias sádicas.

Pero es cierto, también, que la policía está obligada a garantizar mi derecho a manifestarme en libertad y con seguridad. Por más difícil que sea, la policía ha de actuar con la exquisitez y precisión necesarias para impedir los comportamientos violentos a la par que no cercena mi derecho.

Es intolerable esa visión de “policías contra manifestantes”, es intolerable justificar los excesos de unos con los excesos de otros. Yo no he ido a quemar contenedores ni a apedrear escaparates. Yo no he ido con el radical, el gamberro o el exaltado y le exijo a la policía que aisle a los violentos sin merma de mis derechos.

Sin embargo, los policías si han venido juntos y en equipo. Yo no soy responsable de los actos de quien transitoriamente se coloca a mi lado. El policía que ve a un compañero excederse sí es responsable. El policía que ve a un compañero taparse la identificación para desde la impunidad comportarse como un animal, sí es responsable.

Me niego a que se justifique la brutalidad policial amparándose en el comportamiento incivil de una minoría que, en primera instancia, a quien más perjudica es a quien se manifiesta de manera pacífica.

Por supuesto la responsabilidad mayor recae en los mandos de la propia policía y en los responsables políticos de la misma. Esos que acaban de llevarse un varapalo judicial por soberbios y prepotentes.