Lo reconozco, me encantaría magrear las nalgas de Don Julián. No le conozco y me reconozco incapaz de ponerle cara, cuanto más nalgas, pero así de pronto estoy convencido de que uno de mis más queridos deseos sería sobar sus nalgas.

Me encantaría encontrarme con él en algún recóndito pasillo de la Audiencia de Madrid y, puestos a elegir, bajo un cuadro en el que aparezca la Justicia, esa a la que algunos jueces magrean, con los ojos convenientemente tapados, para que no sienta vergüenza.

Me gustaría, en ese pasillo que sueño y bajo ese cuadro que me imagino, rozar sus nalgas casi de manera casual y, aprovechando la sorpresa, convertir ese leve roce en un intencional magreo.

Le diría con mi mejor sonrisa que no, que no se confunda, que mi sorpresivo magreo no es susceptible de considerarse hostil o humillante que, al fin y al cabo, es lo que él ha dicho en la sentencia de la que ha sido ponente y que no creo yo que se cotice más cara la dignidad de las nalgas de un magistrado que las de dos auxiliares de farmacia.