Carta a Blanca Blancas

Estimada concejala:

Dejando para mejor ocasión la valoración de los motivos por los que su formación ha roto el pacto en Arrecife, me gustaría hacerle un comentario que me parece adecuado sobre las supuestas y diferentes varas de medir que usted atribuyó al PSOE en la comparecencia en la que anunció la mencionada ruptura.

Permítame que de manera tan pública y tan libre como la suya le diga que no, que no es cierto eso de las dos varas de medir. No Doña Blanca, hay tan solo una sola vara que al medir da resultados distintos cuando lo que se mide es diferente.

Es más, casi estoy por asegurar que no conoce usted ninguna vara que, mida lo que mida, dé siempre la misma medida. Y es que precisamente para eso, Doña Blanca, se inventaron las varas: para conocer la medida de las cosas.

Un encuentro curioso

Me estaba tomando un café con dos conocidos en El viejo muelle, en la trasera de Venegas.

De repente se acerca un señor entrado en años y, con toda corrección, me interrumpe para preguntarme si le conozco. Le contesto que no. Que lo siento. Que su cara me suena, pero no le conozco o no caigo.

Sonríe y me espeta un: “Pues soy Luis Hernández”. Me puse en pié de un salto, pero antes de que me diera tiempo a preguntarle qué diablos había declarado referido a mí, comenzó a relatarme una historia totalmente diferente de la publicado por Canarias 7, hace ahora unos diez días.

Aldecoa en la FCM

Llego a casa bajo el influjo de La huida al paraíso, zarandeado por el vaivén constante entre épocas y el contraste entre el color y el blanco y negro.  

Me siento a escribir tal vez para mantener viva la magia del momento, y resuenan en mis oídos las palabras de su mujer y su hija, de sus amigos y, sobre todo, el eco de una voz maravillosa, la de Iñaki Gabilondo recitando la prosa descarnada de Aldecoa.

Pienso en cómo este puñado de lava ha sido capaz de atrapar a Aldecoa, a Saramago y de parir a alguien como César.

El error de Fernando María Bargalló

Fernando María Bargalló me cae bien. El tipo a pesar de ser obispo se comporta como una persona normal. Se encuentra con una amiga de la infancia en un lujoso hotel en Méjico y se deja llevar por el cariño, aunque eso le lleve a utilizar "gestos ambiguos" que pudieran generar confusión, por utilizar sus propias palabras.

Claro que hay quien se pone a enredar, y resulta que a lo mejor no es que coincidieran en Méjico, sino que fueron juntos. A lo mejor esa mención a "una amiga de la infancia" que inevitablemente evoca un reencuentro tras largos años, oculta una relación habitual.

El mundo, Juan José Millás

Acabo de terminarlo. O tal vez debiera decir que ahora lo empiezo aunque lo cierre. Tal vez tenga que tratar de desleerlo para realmente terminarlo, si es que terminarlo se puede.

He compartido unas horas con el Millás más íntimo. He sufrido sus miedos y compartido sus dudas y esa perplejidad permanente con que relata.

He disfrutado de su manera de construir las frases. Desnudas. Podadas de todo artificio. 

Me he asombrado, una vez más, de la maestría con que dibuja curvas que se retuercen sobre si mismas utilizando tan solo líneas rectas.