Una soledad de años

García Márquez

Di con él bajo el árbol del patio. A pesar del calor sofocante una vieja manta se acomodaba sobre sus hombros. Sus manos, extrañamente delicadas, se enredaban en unos diminutos pececitos de oro y la mecedora, como sometida a un latido propio, se despegaba del suelo y flotaba apenas unos segundos antes de descender suavemente.

Estaba solo y exudaba una soledad de años. Tal vez por eso su voz al saludarme parecía atenazada por un asma milenaria, haciéndole hablar quedo.

Tras años de búsqueda no sabía que preguntarle o quizás se me agolpaban las preguntas. Querría haberle preguntado si tenía quien le escribiera, si había recibido noticias del naufragio del mundo, si en su otoño le aterraban los funerales o, al contrario, los esperaba como el siguiente capítulo, si las putas tristes le visitaban y si el cólera le había impedido amar.

Calamares encebollados

Eduardo Mendoza

No sé cómo había ido a parar a ese bar. Tal vez por ser el único que permanecía abierto a horas tan impropias, por lo que a pesar de la mugre, o tal vez gracias a ella, pues la cristalera no dejaba adivinar el interior, terminé sentado en una mesa coja y desportillada.

A pesar de ser el único cliente, tardó en acudir el camarero a tomar la comanda. Me sorprendí a mi mismo pidiendo un bocadillo de calamares encebollados y una pepsicola. Sin intención de incurrir en impertinentes digresiones, he de señalar que soy terriblemente alérgico al calamar, entre otras delicateses.

Como todas las tardes

La playa se abría al norte. Sin cabo alguno, sin ninguna escollera, sin brazos que se adentraran en el mar para protegerla.

 

Las olas, grises, inmensas, rompían sobre la arena de la playa, que el viento azotaba cargado de espuma. Las nubes, grises, inmensas, apenas dejaban pasar unos rayos de luz que semejaban acero empañado.

 

La vio marcharse

La vio marcharse. Aunque tal vez realmente la vio terminar de marcharse, porque había comenzado a marcharse mucho antes.

Comenzó a irse en los silencios inexplicables, en la mirada huidiza, en la sonrisa inmovilizada en su cara.

Comenzó a irse en la ausencia de los te quiero, en la falta de los buenas noches mi amor.

Comenzó a irse en los orgasmos fríos.

La vio marcharse y, a pesar de que fuera tan solo terminar de marcharse, le dolió en el alma su adiós.

Estamos hechos de pedazos

-Estamos hechos de pedazos.

Se hizo el silencio mientras daba un trago largo al vaso de vodka. Lo apoyó de nuevo en la barra, acunándolo con sus manos, como si quisiera calentarlas.

-Estamos hechos de pedazos, pero no, no me malinterpretes. No es que nos construyamos a nosotros mismos a base de pedazos, incorporando experiencias, acumulando ideas. No. Esos pedazos son los menos importantes.